martes, 20 de diciembre de 2011

Si me amaras...


Si me amaras…



— Es la última vez que lo voy a decir...


Emilio tomó su bolso del suelo del bus en el que él, y muchos compañeros iban apiñados como ganado. Se levantó sin mirar a la chica que tenía al lado. Dejó que sus palabras hicieran eco en ella, y caminó por el pasillo hasta la puerta de salida.


Mily no lograba reaccionar. Parecía ser todo parte de un muy vivido sueño, porque ella juraría que hasta hace unos minutos atrás solo venía compartiendo un auricular con Emilio, porque a ella siempre le gustaba la música que el seleccionaba en su iPod, y de pronto... todo pasó como en cámara lenta.


Observó como bajaba del bus, y se alejaba caminando con las manos en los bolsillos, con la cabeza gacha y el pelo largo, revuelto y ondeando al compás del viento. Todo un rockero en ciernes, con el espíritu indomable y la libertad a flor de piel. Cada movimiento de su cuerpo gritaba que él era un espíritu libre. Y a pesar de eso, él fue capaz de exponerse y dejarle el corazón delante con solo unas palabras.


Mily tomó carrera, y le exigió al chofer que parara la máquina.


— Me importa una mierda si no puede parar justo aquí... debo bajarme ahora.


Y la mirada que le dio al hombre no dejó espacios a dudad. La dejaba bajar por las buenas o por las malas.

Corrió, corrió tan fuerte como sus piernas pudieron. El viento otoñal levantaba su falda plisada, parte del uniforme, y en un momento no le importó ser un vendaval color verde, con una mochila a cuestas y libros escurriéndoseles de las manos. Él se alejaba, y tenía que alcanzarlo.


"Tonto. Tonto, tonto... como fui tan idiota al decirle así las cosas"


Emilio no podía dejar de pensar en lo totalmente equivocado que había estado al hablar con Mily hoy, de esa forma, y en ese patético autobús. El que se jactaba de ser un chico inteligente, calculador y totalmente previsor de riesgos. Seguía lamentándose el hecho de dejar a la chica así de congelada... aun podía ver la cara contraída, los ojos grandes y en shock.


"Claro que ella no piensa lo mismo...”


El sonido del repique de unas zancadas se escuchó de fondo, un jadeó acelerado y la respiración profunda.


— Detente ahí mismo.


Y a Emilio se le detuvo el corazón. Sabía, como solo él podía saberlo, que esa voz cadenciosa de contralto correspondía solo a una persona. Ni siquiera fue necesario percibir el olor alegre a manzanas que desprendía. Se volteó y una chica morena, de pelo largo y rizado, con el uniforme descolocado, las mejillas rojas y las manos en las caderas buscando gran cantidad de aire, le observaba atenta.


— ¿Porqué no esperaste mi respuesta?


Mily no dejaba de darle vueltas a las palabras del chico. Y mientras más las recordaba, más rápido le andaba el pulso.


— ¿Qué?


Emilio no podía creer que ella hubiera llegado hasta el, solo para regodearse en su miseria, y aparte enrostrarle el hecho de que ella nunca le correspondería con esas palabras.


— No esperaste lo que yo tenía que decir al respecto... Me lo debes.


En un momento pensó que él ya se había arrepentido de todo. Los ojos de él vagaron por un momento, pero luego se concentraron en su rostro, y eso la hizo temblar por dentro. Antes era más fácil mirarlo a la cara, sabiendo que lo platónico no daría nunca paso a algo real.


Si claro, jodida realidad y sus reveces tan dramáticos y sorpresivos.


— Habla.


No quería ponerse duro, pero si ella iba a romperle todas las ilusiones, al menos se quedaría con el que no lo vio gimotear o patalear por nada. Era un tipo duro, con el corazón totalmente dominado, pero su espíritu indómito no dejaba de chisporrotear en su torrente sanguíneo.


— Yo también he estado enamorada de ti desde que te vi.


Pensó que las piernas le fallarían, y que la voz apenas si saldría de su garganta. Pero el tono fuerte y claro de sus palabras dejó las cosas tal cual eran a la luz.

No fue necesario decir más o hacer más. No supieron quien se movió primero y quien después. Solo pasaron de estar a un metro de distancia, a fundirse en un abrazo apremiante, a buscarse con las manos y rencontrase con la mirada. Y aun más, a anhelarse con sus bocas, sentirse con sus lenguas y amarse con sus besos.

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